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A las puertas del castillo, esperando a la Princesa salir por el balcón

In Uncategorized on 3 marzo 2010 at 14:22

“Ya sale, ¡¡YA SALE!!”

De pronto toda mi vida pasó por delante de mis ojos. Era ella, la chica de la que me enamoré, hecha ya mujer. Once años han pasado ya, once años… Mis hermanos se reían de mí. Recuerdo que me decían que en cuanto entrara en la adolescencia me avergonzaría reconocer lo que sentí por ella.

Nada más lejos de la realidad.

Hoy, día 14 de junio, estoy aquí, esperándola a las puertas del hotel, con mariposas, culebras y pájaros en el estómago. Es imposible que, después de tanto tiempo juntos, jamás nos hayamos visto frente a frente. Increíble. Por eso estoy que no me tengo en pie. Eso y el cansancio, que casi 5 horas sin desayunar ni comer no son moco de pavo. Como se entere mi madre me mata y, después, me lleva al loquero. En serio. Mi madre no aprueba esta relación, pero me da igual, ya va siendo hora de que lo haga: llevo más tiempo de mi vida así que sin ella.

Qué nervios tengo… que llegue ya el momento por favor.

¿Alguna vez os ha pasado que estáis esperando algo con muchísimas ganas y cuando llega el momento os asustáis? Sentís terror a que ocurra, o a que pase, depende de cómo se mire. Así estoy yo. ¿Qué pasará cuando la vea? ¿Qué pasará cuando ella me vea? Cuando nuestras miradas coincidan, cuando escuche mi voz y yo la suya. En directo, en persona. ¿Qué pasará después? Demasiadas preguntas, y yo sin comer.

Cuando llegué no había nadie en las puertas del hotel. Me acerqué al botones, trajeado, muy british, y le pregunté si podía decirme si se alojaba ella en el hotel. “No”. “’No’ ¿qué? ¿No está o no puede decirme?”. Todo esto, claro, con mi americano del oeste que chocaba bastante con su repelente acento inglés. “Neither of them” ¿¡Ninguna de las dos!? De acuerdo, está. Yo de aquí no me muevo. Es increíble cómo la desesperación hace a las mentes lentas trabajar a una velocidad jamás soñada.

Entonces esperé. Estaba yo solo enfrente del hotel, soñando que se asomaba por la ventana y me cantaba, como Romeo y Julieta. Pensando, inocente de mí, que saldría pronto, pues tenía una importante cita pendiente a la que yo iría también, claro está. Pero nada… pasaron las horas y lo único que pasaba era que yo atraía a la gente “¿¡Qué quién está aquí!?” “¡¡ ¿Has oído quién?!! Nos quedamos un rato”. La calle vacía se fue llenando. Cuando ya no dio más de sí nuestra acera, lejos de ahuyentar, atrajo más gente a la calle de enfrente. Era todo un caos: gente, fotógrafos, curiosos, más curiosos. Mi acera, la acera de enfrente, la de en medio, la carretera. Los coches frenaban, los autobuses paraban en seco. Caótico, lleno.

La gente estaba loca, ¡¡loca!! y yo era uno de ellos. Fíjate que salió la mismísima Yoko Ono de las puertas del Mandarin y nadie le hizo ningún caso. Estábamos todos cegados.

Mientras tanto, los del hotel movían hilos para mover a la masa sedienta que tenían en sus puertas. Fingieron redadas por la parte de atrás, negaron su presencia, nos hicieron dudar. Y la duda afectó muchísimo, algunos lloraron cuando pensaron que ella ya se había ido. A grito pelado. ¿Triste? Bueno, yo lo llamo “Pasión”.

Sin embargo, deberíamos agradecerles esas estrategias diabólicas porque, cuando ya estaba toda esperanza perdida, cuando veíamos dobles a menos de 5 metros de distancia, cuando la gente se iba… entonces apareció ella.

¡Oh Dios mío! Oh-Dios-mío.

Teníamos todo planeado: “No vamos a gritarle o se asustará, le diremos que venimos de España y le explicaremos cuánto la queremos. Tranquilamente.” A la porra. Nos pusimos a chillar como condenados para lograr una sola sonrisa, una sola mirada. Su cara de grata sorpresa fue como una flecha directa a nuestras entrañas: fue nuestro punto débil. Mientras yo le preguntaba a Dios cómo podía haber creado una criatura tan perfecta, observé que, tras firmarle a un sinvergüenza que habíamos conocido en nuestra acampada en el Gran Hotel, ya se alejaba y que el momento se acababa.

Cuando se fue no quedaba nada. Vacío.

Incluso pensar que en unas horas la vería actuar no me llenaba. No asimilaba lo que acababa de ocurrir, ¿había pasado en serio? Imposible. Imposible. No.

Once años, once años rematados en 10 segundos. Mi objetivo durante toda mi vida. Conocer a Britney: cumplido.

Leyenda viva: puedes ver pero no tocar.

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