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Arturo Pérez Reverte

In Uncategorized on 24 mayo 2010 at 9:48

Siempre he admirado a Arturo P. Reverte: piensa lo que piensa, sin afectarle la opinión ajena, y sabe plasmarlo en palabras con ese don de la escritura que él tiene. Leer sus textos te hace tomar una actitud crítica respecto a todo aunque siempre con ese humor sarcástico que tant me gusta.

Sin embargo no cae bien, la gente lo llama facha, machista, misógino y no sé qué barbaridades más. La gente es muy cerrada. Pero no he venido aquí a hablar de la gente cerrada, de los fachas ni de política. He venido a hablar de amor. Y de amor real, de ese que cruza barreras.

Me gustaría mostrar un texto de este autor que seguramente romperá los esquemas de muchos, pero que está tan bellamente escrito que te hace sacar esa sonrisita que a uno le sale cuando ve algo que le llega. Se llama AMOR GAY, un nombre directo y contundente, muy contrario al texto: delicado, realista, profundo. Enfin os dejo con el texto a ver si os gusta y os hace ver la figura de este genio del idioma de una manera diferente.

Nunca antes me había fijado en la cantidad de parejas homosexuales que se ven paseando por Venecia. Los encuentras caminado por los puentes, a la orilla de los canales, cenando en los pequeños restaurantes del casco viejo. No suele tratarse de dúos espectaculares, sino todo lo contrario: gente discreta, tranquila, a menudo con aspecto educado.

Mirando a los demás aprendes cantidad de cosas, y en el caso de estas parejas siempre me encanta sorprender sus gestos comedidos de confianza o afecto, el reparto convencional de roles que suele darse entre uno y otro, la ternura contenida que a menudo sientes flotar entre ellos, en su inmovilidad, en sus silencios.

Pensaba en todo eso el otro día, a bordo del vaporetto que cubre el trayecto de San Marcos al Lido. Sobre la laguna soplaba un viento helado, los pasajeros íbamos encogidos de frío, y en un banco de la embarcación había una pareja, hombre y hombre, cuarentones, tranquilos.

Se sentaban muy juntos, apoyado discretamente un hombro en el del compañero, en un intento de darse calor. Iban quietos y callados, mirando el agua verdegris y el cielo color ceniza. Y en un momento determinado, cuando el barco hizo un movimiento y la luz y la gama de grises del paisaje se combinaron de pronto con extraordinaria belleza, los ví cambiar una sonrisa rápida, fugaz, parecida a un beso o una caricia.

Parecían felices. Dos tipos con suerte, pensé. Aunque sea dentro de lo que cabe. Porque viéndolos allí, en aquella tarde glacial, a bordo del vaporetto que los llevaba a través de la laguna de esa ciudad cosmopolita, tolerante y sabia, pensé cuántas horas amargas no estarían siendo vengadas en ese momento por aquella sonrisa.

Largas adolescencias dando vueltas por los parques o los cines para descubrir el sexo, mientras otros jóvenes se enamoraban, escribían poemas o bailaban abrazados en las fiestas del Instituto. Noches de echarse a la calle soñando con un príncipe azul de la misma edad, para volver de madrugada, hechos una mierda, llenos de asco y de soledad.

La imposibilidad de decirle a un hombre que tiene los ojos bonitos, o una hermosa voz, porque, en vez de dar las gracias o sonreír, lo más probable es que le parta a uno la cara.

Y cuando apetece salir, conocer, hablar, enamorarse o lo que sea, en vez de un café o un bar, verse condenado de por vida a los locales de ambiente, las madrugadas entre cuerpos Danone empastillados, reinonas escandalosas y drag queens de vía estrecha. Salvo que alguno -muchos- lo tenga mal asumido y se autoconfine a la alternativa cutre de la sauna, la sala X, la revista de contactos y la sordidez del urinario público.

A veces pienso en lo afortunado, o lo sólido, o lo entero, que debe de ser un homosexual que consigue llegar a los cuarenta sin odiar desaforadamente a esta sociedad hipócrita, obsesionada por averiguar, juzgar y condenar con quién se mete, o no se mete, en la cama.

Envidio la ecuanimidad, la sangre fría, de quien puede mantenerse sereno y seguir viviendo como si tal cosa, sin rencor, a lo suyo, en vez de echarse a la calle a volarle los huevos a la gente que por activa o por pasiva ha destrozado su vida, y sigue destrozando la de los chicos de catorce o quince años que a diario, todavía hoy, siguen teniéndolo igual que él lo tuvo: las mismas angustias, los mismos chistes de maricones en la tele, el mismo desprecio alrededor, la misma soledad y la misma amargura.

Envidio la lucidez y la calma de quienes, a pesar de todo, se mantienen fieles a sí mismos, sin estridencias pero también sin complejos, seres humanos por encima de todo.

Gente que en tiempos como éstos, cuando todo el mundo, partidos, comunidades, grupos sociales, reivindica sus correspondientes deudas históricas, podría argumentar, con más derecho que muchos, la deuda impagada de tantos años de adolescencia perdidos, tantos golpes y vejaciones sufridas sin haber cometido jamás delito alguno, tanta rechifla y tanta afrenta grosera infligida por gentuza que, no ya en lo intelectual, sino en lo puramente humano, se encuentra a un nivel abyecto, muy por debajo del suyo.

Pensaba en todo eso mientras el barquito cruzaba la laguna y la pareja se mantenía inmóvil, el uno contra el otro, hombro con hombro. Y antes de volver a lo mío y olvidarlos, me pregunté cuantos fantasmas atormentados, cuántas infelices almas errantes no habrían dado cualquier cosa, incluso la vida, por estar en su lugar. Por estar allí, en Venecia, dándose calor en aquella fría tarde de sus vidas.

Lloviendo en blanco y negro

In Uncategorized on 20 marzo 2010 at 17:06

Comenzaba a anochecer y la calle quedaba ya sólo iluminada por las luces que la recién estrenada sala de cine emitía. Miles de carteles y bombillitas hacían las veces de farolas, dando a la calle un aspecto urbanita.

Ya eran las diez menos cuarto de la noche y una masa de espectadores comenzó a emerger de sus salas, más o menos satisfechos con la película que acababan de ver.

–         Qué pesadez de película, en la vida real la gente no canta por todo.

–         ¡Ay Dios mío! ¡Es un musical! ¿Cómo no van a cantar? En eso consisten…

–         Yo creo que consisten en ser una horterada ñoña.

–         Bueno vale, vamos más rápido que hace frío.

–         Está bien.

–         ¿Qué? ¿No vas a ofrecerme tu gabardina?

–         ¡Ay mujer!, ni que fuera tu pareja… toma anda. ¡Hala, ahora a congelarme yo de frío!

Los extraños amigos caminaban protegiéndose del suave viento helado. Él, al verla temblar, le pasó las manos por los brazos para darle calor. Ella sonrió. “No se pase de amable, que le dará un síncope”, “¡Joder, menuda forma de estropear el momento…!” El silencio incómodo de siempre. Se conocían desde hacía años pero su relación siempre había sido así: un tira y afloja de amabilidades e impertinencias.

Él era el típico hombre que entonces estaba de moda: un James Dean, sombrero y gabardina más allá de la rodilla incluidos, que no dejaba de fumar cigarrillos. Ella, delgada con pelo castaño y siempre en moño, jamás le había visto la cara más que a través del humo del tabaco. Se temían, se respetaban.

–         Es increíble lo romántico que era Gene Kelly…

–         Es una fantasmada ese personaje, todo el mundo, cuando llueve, corre para no mojarse; ¡pfff…! Malísima.

–         Eres un amargado, no sé cómo llevo soportando tu mal humor y tu negatividad tantísimo tiempo. ¡¡Ojalá fueras como Gene!!

Él la miró asombrado. Ella se tapó la cara con las solapas de la gabardina: se la veía sonrojada. Dejó de mirarla y siguió andando, fijando su vista hacia el suelo mojado; habría llovido mientras estaban viendo esa estúpida película. Sus pisadas y los taconazos de ella hacían eco entre los edificios. De pronto comenzó a llover de nuevo. “Lo que faltaba”, dijo él; ella inmediatamente: “saca el paraguas, por favor”. Lo abrió y procuró que su acompañante no se mojara.

–         Hace frío, – ella le miró con sus enormes ojos marrones- ¿te importa que me acerque un poco a ti?

–         ¿No te vale con la gabardina?

–         No, sigo teniendo frío.

–         Está bien.

La tensión se palpaba, él no dejaba de mirarla mientras pensaba qué decir: estaba en blanco. Ella, sin embargo, parecía segura, confiada.

–         Cada vez llueve más. Tenga usted cuidado, no se vaya a mojar…

Su bendita ironía de nuevo. Ya estaba harto: ¿esa imagen tenía de él? ¿Qué era esa energía que notaba de repente? Se sentía capaz de todo. Entonces, le hizo agarrar el paraguas y se alejó medio metro. El agua le empapaba el sombrero y fluía hasta sus mechones de pelo. Extendió los brazos.

–         Este soy yo. Soy aburrido, soy frío y ahora estoy empapado. Pero este soy yo.

–         Pero…

Se acercó; ella dejó caer el paraguas y se dejó besar apasionadamente. Juntos, empapados. La lluvia les mecía. Él abrió la boca para decir algo…

–         ¡¡CORTEN!! Buen trabajo chicos, creo que esta toma se queda. Richard… ¡increíble!

Se separaron como si nada. La lluvia cesó y la iluminación general volvió. “Gracias Robert, estaba empezando a congelarme… ¿¡Dónde están las toallas!?”. “¡¡Sí, eso!!… “¡¡Estoy CONGELADA!!”. Los ayudantes trajeron las toallas sin rechistar.

–         Bueno Natalie. Nos vemos después.

No recibió respuesta.